Una historia inolvidable

Hay historias entretenidas, historias que nos sorprenden, historias que nos dejan con la boca abierta. Y hay una pocas, muy pocas, que nos regalan momentos en la vida que nunca vamos a olvidar. Gravity Falls es una de ellas.

Me la recomendaron mucho, en especial la María José Barros y Carlos Andueza (¡Gracias locos!) y como no me llamaba mucho la atención ponerme a ver una serie de monos animados (me encantan las películas, pero en las series suelo aburrirme) tomé la mejor decisión de mi vida: verla junto a mis hijas.

¡No, pero vela en inglés! ¡Te vas a perder muchos chistes y juegos de palabras! Sí, es cierto, me los perdí, pero a cambio gané una de las experiencias más ricas que he tenido como televidente: ver una serie perfecta, maravillosa, increíble, junto a mis dos pequeñas hijas.

GF1

Hasta el momento he visto solo 3 series perfectas, que me han dejado sin habla y con el corazón en la mano. Dos de ellas no pude verlas por primera vez junto a mis hijas por razones obvias: Six Feet Under y Breaking Bad. Pero con Gravity Falls tuve la suerte, gracias al destino, de poder disfrutar cada capítulo junto a ellas y a través de sus ojos. Juntos nos reímos, nos asombramos, nos asustamos y vivimos la intriga. Ellas como niñas y yo como adulto y niño a la vez, gracias a ellas.

Acabamos de ver el último capítulo, de vivir la experiencia de culminación de una serie perfecta nosotros 6: La Sofi, la Anto, Dipper, Mabel, Stan y yo (bueno, y también Pato). Decidí no guardarme las lágrimas de emoción cuando el capítulo estaba terminando y mis hijas me vieron llorar mientras ellas también se emocionaban. Y entre lágrimas compartimos una sonrisa. Juntos vimos a nuestros personajes favoritos, esos que se convirtieron en verdaderos amigos luego de vivir el verano con ellos, abrazarse por última vez. Juntos como familia. Y vimos la serie terminar.

Entonces ellas explotaron de emoción. Lloraban, sin entender mucho lo que les pasaba, por un sentimiento que no entendían y que no podían contener en su corazón. El sentimiento que se vive cuando las buenas cosas terminan, cuando todo lo vivido se nos viene encima después de un adiós. Ese sentimiento de tristeza que solo existe como la otra cara de una felicidad infinita vivida durante un largo tiempo con quienes amas.

No sé por qué escribo este texto. Supongo que en parte quiero dejar un recuerdo de mi emoción como padre, para no olvidar aquellos momentos importantes de mi vida. Y en parte, igual que ellas, siento una gran emoción que me desborda y que necesito sacar afuera.

Historias como Gravity Falls son las que me hacen querer escribir. Porque historias entretenidas hay millones, pero historias que nos toquen y nos hagan vivir experiencias inolvidables siempre faltan. Son pocas y nunca serán suficientes.

Gracias Dipper, gracias Mabel, gracias Stan. Y gracias a la vida por permitirme disfrutar las cosas que más amo con mis hijas.

—Alfredo R.

GF2

Libros álbum ¿capricho de ilustradores?

Cultura11

¿Conocen los libros álbum? No, no son de esos en que pegamos laminitas con stic-fix, es un formato de cuento ilustrado que vuelve locos a los amantes de los libros y la ilustración. Lo que los caracteriza: tienen pocas páginas, muy poco texto, ilustraciones muy llamativas y ediciones muy cuidadas (diseño, tipo de papel, etc). Se supone que la clave está en que la historia no sea contada solo a través del texto, como ocurre en los libros tradicionales. Tampoco que la narren solo las ilustraciones. La idea es que la narración se produzca a través de la sinergia entre las imágenes y las letras.

La verdad es que nunca me atrajeron, porque me preguntaba si realmente se trataba de libros para niños o si eran libros para grandes disfrazados de infantiles. A primera vista no parecen más que libros para niños hipsters, pero si uno lee con más cuidado se da cuenta que las temáticas muchas veces no parecen tan infantiles. Hoy decidí lanzarme a la piscina y con ni más ni menos que representantes de la crème de la crème. A continuación una breve reseña de cada uno. Continue reading

Jeroglíficos.

Hace unos días se realizó una fiesta donde se juntaron todos mis primos Rodríguez y a los que dibujamos nos pidieron  que hiciéramos reproducciones en tinta de los jeroglíficos que solía dibujar mi abuelo.

Les dejo los cuatro jeroglíficos que me tocó dibujar a mí.

¡Saludos!

-Alfredo R.

La vez pasada.

La vez pasada.

Palabrota.

Palabrota.

Mantequilla Soprole.

Mantequilla Soprole.

La Quinta Normal.

La Quinta Normal.

27. El sol.

Una vez finalizada la celebración, Demóstenes se fue a dormir con la angustia de ya haber cumplido todos sus sueños. Todos menos uno. Lucila, feliz, tenía la ilusa esperanza de que su marido al fin descansara luego de obtener el tan ansiado ascenso en la compañía de electricidad. No podía estar más equivocada.

La mañana siguiente, Demóstenes despertó a la hora usual, pero con una mirada triste. Su mujer le preguntó qué le ocurría, pero el hombre se limitó a decirle que había dormido mal y se escabulló hacia el baño. Se duchó, se vistió y huyó de la casa antes de que el interrogatorio continuara, no sin antes besar a su mujer con ternura.

Al llegar esa tarde, Demóstenes llegó hecho un hombre nuevo. Al verlo lleno de energías, radiante como nunca, Lucila se sintió feliz. Al parecer efectivamente había dormido mal y la jornada de trabajo le había devuelto la alegría. Todo se sentía perfecto, como nunca, hasta que el hombre la besó.

Sintió algo muy extraño. No era la intención con la que la besó… tampoco el cariño con que lo hizo … era algo mucho menos sutil, se trataba del sabor de su boca: un sabor cálido, seco y ahumado que nunca había sentido en sus labios.

Lucila no le dio mayor importancia, no ese día, pero luego de sentirlo durante toda la semana comenzó a extrañarse. Solapadamente le preguntó si en su nuevo puesto almorzaba en un casino diferente o si habían cambiado el chef, pero todo parecía seguir igual. Todo menos el sabor en la boca del hombre que tanto amaba.

Con el tiempo, la preocupación por el sabor de su boca pasó a segundo plano. Demóstenes cada día parecía estar más delgado, y sus labios, antes tiernos y suaves, estaban secos como una costra. Y no solo sus labios, todo su cuerpo parecía estar secándose. Su salud tampoco era la mejor, el hombre sufría fuertes dolores de estómago y jaquecas, pero se negaba a visitar a un médico. Su ánimo, contra todo lo que uno pudiera esperar, estaba mejor que nunca.

–¿Estás seguro que estás bien, cariño? –le decía su mujer cada día.

–Impecable –le respondía él con la sonrisa más sincera que nunca le había visto, mientras se retorcía de dolor–. No me importan los dolores, nunca antes me había sentido tan feliz.

Lucila sentía un profundo dolor en su corazón. Sabía que su amado le estaba escondiendo algo, pero nunca lo había visto tan feliz. Nunca jamás. ¿Cómo quitarle una felicidad tan grande al hombre que tanto amas?

Una mañana gris, camino a la feria, la mujer se encontró con Osvaldo, el mejor amigo de Demóstenes. Juntos trabajaban en la compañía desde que habían egresado de Ingeniería. Osvaldo, preocupado, le preguntó a Lucila cómo estaba su amigo.

–Está más contento que nunca –le dijo la mujer con tristeza–, pero no se ha estado sintiendo bien. Y cuando llega a casa prácticamente no come nada. ¿Acaso está sometido a mucho estrés?

–Cómo saberlo –respondió el hombre mientras acariciaba su bigote–… la verdad es que no lo he visto desde que dejó la compañía hace ya casi un mes.

Lucila tuvo que hacer un enorme esfuerzo para evitar que cayeran las lágrimas que se acumulaban en sus ojos.

–Cómo pude ser tan ciega –pensó mientras despedía a Osvaldo lo más rápido que pudo. Corrió a su casa con el corazón destrozado, se sentó en la mesa del comedor, y se echó a llorar. Lloró durante horas, sin siquiera levantarse para almorzar. Se quedó allí sentada todo el día, sin moverse, hasta que escuchó que Demóstenes metía la llave en el cerrojo, a la hora acostumbrada.

El hombre demoró un buen rato en lograr girar la manilla, a Lucila le parecieron horas. Entonces la puerta se abrió, y antes de que la mujer pudiera hacer o decir algo, el hombre  cruzó el umbral para desplomarse en la entrada de la casa.

Sin pensarlo ella corrió a socorrerlo. Al sentir el cuerpo de su marido en sus brazos se dio cuenta de cuánto tiempo había pasado sin abrazarlo. El hombre robusto de quién se había enamorado ya no era más que un atado de huesos. Lo tomó por su nuca, giró su cabeza y con horror pudo ver el estado de su rostro. La mitad inferior de su cara estaba llena de yagas supurantes, heridas que pudo reconocer como quemaduras gracias a los años en que trabajó como enfermera. ¿De dónde habían salido estas quemaduras?

–¡P-pero Demóstenes! ¿Qué te ocurrió?

–Nada… mi… Lucila… –murmuró tratando de sonreir a pesar del dolor–. E… estoy… bien…

–¡No! ¡No estás bien! –le dijo la mujer entre sollozos– ¡No me digas que estás bien!

Lucila se tragó su pena y, como si se tratara de un niño pequeño, llevó a Demóstenes en sus brazos hasta su cama. Allí limpió y vendó su rostro, pudiendo notar que las quemaduras se extendían hasta dentro de su boca. Una vez que hubo vendado por completo el rostro de su marido, sacando fuerzas de flaqueza, lo enfrentó.

–Supe que ya no vas a la compañía.

Demóstenes sonrió con ternura.

–¿Cómo te enteraste?

–Eso no importa, quiero saber qué has estado haciendo todos estos días.

–Tienes razón, tienes toda la razón. Estás en tu derecho de saberlo –y sentándose en la cama, tomó la mano de su mujer y agregó–. Estoy cumpliendo el gran sueño de mi vida. Me estoy comiendo el sol.

Lucila no podía entender a qué se refería, y su marido le explicó con calma y detalle que cada día salía de su casa temprano, llegaba hasta el sol, sacaba un trozo de éste y se lo tragaba.

–Al principio me dolía, pero con el tiempo me he ido acostumbrando. Ahora ya puedo comer varios trozos en un solo día. Si sigo acelerando el ritmo, podré comerlo completo en unos veinte o veinticinco años.

Lucila decidió no volver a llorar. Tenía demasiada rabia como para seguir llorando.

–¿Así que eso has estado haciendo? –le dijo llena de resentimiento– ¡Pues mira como me tienes, angustiada por tu salud! ¡Y mira cómo te tienes! ¡Mira tu estado! –agregó señalándolo.

–P-pero a mí no me importa, yo me siento bien –agregó con suavidad el hombre.

–¡Pues a mí si me importa! ¡Yo no puedo vivir viéndote así! ¡No puedo sentarme a ver como destruyes tu cuerpo…! ¡tu vida!

–Te prometo que estaré bien, amor.

–Yo te prometo que esto no puede seguir así, te prometo que si no dejas esta estúpida idea de comerte el sol hoy mismo, nuestro matrimonio se acabó.

Demóstenes se entristeció profundamente al escuchar a su mujer, y con suavidad la abrazó.

–Lo siento –susurró en su oído, y Lucila se desplomó en sus brazos.

Estuvieron abrazados un largo rato, sin decir palabra. Luego cada uno se puso su pijama y se fueron a dormir. Durmieron abrazados, como hacía meses que no lo hacían.

Lucila, producto del cansancio, durmió mucho más de lo acostumbrado. No despertó hasta el mediodía y, al abrir los ojos, notó que Demóstenes ya se había ido. Se había ido para siempre.

26. El prisionero y la princesa.

En lo más alto de la Torre Única, sumido en la soledad, vivía encerrado Romualdo, un hermoso joven de ojos brillantes y cabellos color ébano. La única salida de su celda era custodiada por la terrible Sugataura, una temible criatura que secuestraba jóvenes de corazón puro para impedirles encontrar el verdadero amor.

Nuestro relato comienza un hermoso día de primavera en el que el dulce Romualdo al fin cumpliría los 16 años. Su pecho casi no podía contener a su corazón exhaltado de emoción, pues hoy vendría a salvarlo la más bella princesa del reino.

–Hoy es el día –pensaba en voz alta mientras cepillaba su brillante cabello rizado–. Hoy al fin vendrá a rescatarme.

Romualdo nunca había visto a esta princesa en persona, ni siquiera conocía su nombre, pero él la llamaba Encanto. Ella lo visitaba en sus sueños para juntos compartir las más ardientes noches de placer. Y cada amanecer, antes de que el sol lo obligara a despertar, ella le pedía que la esperara, jurándole que lo vendría a rescatar el día en que al fin se convirtiera en un hombre, es decir, al cumplir los 16 años.

Y finalmente ese momento llegó: el primer rayo de sol emergió entre las escarpadas montañas, iluminando su suave rostro y dando inicio al tan anhelado día. Con dicha pudo ver cómo en ese mismo instante emergió del bosque una veloz cabalgadura que bajaba por el sendero de piedra.

–¡Encanto! –exclamó emocionado, acercando sus manos a la parte baja de su rostro, sin poder evitar agitarlas.

Con sus ojos brillando de amor pudo ver cómo su bienamada enfrentaba con fiereza las bestias del abismo de Ferg, cruzaba con destreza el ardiente foso de Brogand y vencía a la horripilante Suegataura. Todas las pruebas habían sido superadas, su sufrimiento al fin iba a terminar.

Romualdo, nervioso, acomodó sus ropajes a la espera de la entrada triunfante de la princesa. A lo lejos pudo escuchar como el sonido de su armadura subía por las escaleras de la torre hasta detenerse frente a la puerta de su celda. Sintió como Encanto jadeó con fuerza unos minutos para recuperar el aliento, para finalmente abrir la puerta de su celda. No, no hubo estruendos, puesto que la puerta nunca estuvo cerrada.

–¡Encanto! –gritó Romualdo corriendo hacia su princesa, y por respuesta recibió una señal con la mano indicándole que se detuviera.

La mujer se quitó el yelmo que apenas la dejaba respirar. Su cabello rubio era corto, y estaba transpirado, enmarañado y sucio. Y su rostro, lleno de cicatrices que atestiguaban sus aventuras, estaba rojo e hinchado producto del esfuerzo físico de las recientes proezas. Romualdo no sabía como ayudar a la princesa, que se encorvó para apoyar sus manos sobre sus muzlos.

–Mi… nombre… es… –dijo la mujer, tratando de recuperar el aliento. Los jadeos que no la dejaban hablar de pronto se convirtieron en arcadas, y luego de un sonido agónico profundo, desparramó todo su desayuno sobre la impecable alfombra de Romualdo. Solo entonces, ya con el estómago vacío, pareció sentirse mejor.

–¿Estás bien, Encanto?

–Mi nombre es Juliana. Estoy bien, solo vámonos de aquí.

–¿¡Me llevarás a tu castillo!? –preguntó entonces el joven con voz aguda y agitada.

–Si así lo quieres… –respondió Juliana sin hacerse  problemas.

–P-pero… me amas ¿cierto? –preguntó entonces Romualdo extrañado.

Juliana lo miró de arriba abajo.

–No –respondió sin ánimo de endulzar la realidad–. Ni siquiera me pareces atractivo.

–¿Y no quieres casarte conmigo? ¡Podríamos ser infinitamente felices en tu castillo!

Juliana no podía creer lo que estaba escuchando. Creyó que lo mejor era dejar las cosas claras desde un principio.

–La verdad es que no me interesa vivir en un castillo, lo mío son las aventuras.

Romualdo se echó a llorar. Juliana sintió lástima, pero solo atinó a poner su mano sobre su hombro.

–Vamos, salgamos de aquí –dijo la mujer para tratar de detener el llanto.

–No, déjame aquí.

–Pero…

–¡Déjame! –gritó furioso–, prefiero quedarme en la torre.

Juliana se dirigió hacia la puerta, algo molesta por el tiempo perdido y titubeante ante la inesperada reacción del joven prisionero. Al llegar al umbral se detuvo.

–Tener un escudero podría venirme bien ¿sabes? –dijo entre dientes, con la sensación de que luego se arrepentiría de haber formulado la oferta.

El rostro de Romualdo se iluminó nuevamente y sus lágrimas mágicamente se secaron, como si nunca hubieran estado allí.

–¿Y te casarías conmigo? –exclamó recuperando la ilusión perdida.

–Está bien, si así lo quieres… –respondió Juliana entre dientes mirando hacia un costado.

Romualdo corrió hacia ella y la abrazó con todas sus fuerzas. Juliana bajó las escaleras de la torre con el joven en sus brazos y juntos cabalgaron hacia las futuras aventuras.

Nunca más se separaron, tuvieron relaciones de vez en cuando y no vivieron del todo infelices para siempre.